viernes, 30 de agosto de 2013

LA “PARENTALIDAD BIENTRATANTE” EN FAMILIAS EN SITUACIÓN DE DIVORCIO

Psic. Maria Betina Murialdo

Monografía destacada. Curso on line, “Prevención del Divorcio Destructivo"




INTRODUCCIÓN

Este artículo instala su foco en la situación de las familias en proceso de separación o divorcio, específicamente en el campo de las relaciones entre los padres y entre éstos y sus hijos.

Partimos de la idea según la cual la organización familiar post divorcio implica una estructura distinta, llamada familia binuclear, que requiere para ser viable, el ejercicio de la coparentalidad, esto es, que los padres sean “socios” en la crianza de los hijos. En este sentido, enfatizamos la importancia de lograr una actuación conjunta y colaborativa de parte de ambos progenitores para el desarrollo de las funciones parentales, en vistas a reorganizar la familia, de manera que se resguarde el crecimiento pleno de los hijos. Ello no significa que se descuiden las necesidades y demandas de los adultos, al contrario, aquellos progenitores que se desempeñan bien con sus hijos logran un mejor ajuste tras la separación. (Isaac,M; Montalvo,B; Abelsohn,D, 2009). Compartir la responsabilidad de la crianza sitúa el marco de acción a la luz de “los mejores intereses de los niños”, neutralizando rivalidades, actitudes defensivas y disputas judiciales que se generan en torno a los hijos.

Sólo si los adultos son capaces de asociarse constructivamente –como padres, pero también como comunidad y Estado - se asegura el buen trato hacia los hijos. En palabras del Dr. Jorge Barudy, “se garantiza la satisfacción de las necesidades infantiles y el respeto a sus derechos”, tantas veces ignorados o manipulados en los procesos de divorcios controversiales.

Acompañar a las familias en procesos de separación y divorcio desde nuestro rol de operadores familiares (psicólogos, abogados, trabajadores sociales, etc), implica basar nuestro accionar en la convicción de que los padres pueden proteger a sus hijos y establecer acuerdos pragmáticos a pesar de la crisis que afrontan. Desde esta perspectiva, nuestra intervención deja de ser meramente asistencial para convertirse en preventiva y generadora de resiliencia.  

COPARENTALIDAD Y DIVORCIO

La separación de la pareja conyugal se configura como una crisis que involucra a todo el grupo familiar.

Rápidamente, se instala una situación con carácter de paradoja. Ésta puede definirse como un razonamiento que conduce a dos enunciados mutuamente contradictorios, de tal modo que ninguno de los dos puede ser abandonado. Es decir, si bien el razonamiento conduce a dos proposiciones inconciliables entre sí, pueden coexistir. ¿Qué paradoja se instala, entonces, en las situaciones de divorcio? Los ex cónyuges deben “desprenderse, soltarse, distanciarse” como pareja, a la vez que “unirse, acoplarse, articularse” como padres. Dos procesos que necesitan coexistir; los adultos no pueden optar por una u otra tarea, si ello ocurre la crisis se inscribe como catástrofe.

“El divorcio plantea exigencias extremas”, en tanto implica esta compleja operatoria de “exclusión – inclusión” del otro: ruptura del vínculo como cónyuges, dando lugar a un proceso de duelo y tránsito por toda una gama de sentimientos (enojo, ira, tristeza, pérdida, culpa, alivio, entre otros) y al mismo tiempo construcción del vínculo como padres durante y después de la separación.

“Del reconocimiento y aceptación de esta complejidad, depende en gran medida el camino que sigan los otros vínculos familiares y el lugar que ocupen los hijos” . El gran desafío es poder colocar por encima de los propios intereses, los intereses de los hijos. Atenderlos, cuidarlos, protegerlos, educarlos, aún en condiciones de adversidad, tal como lo es una situación de separación o divorcio.

“[…] Diferentes formas de familias, con estructuras y dinámicas relacionales diferentes, pueden brindar a los niños la misma calidad de cuidados, protección y educación. Lo decisivo para crecer sanos está en la naturaleza de las relaciones y no en la forma que adopte la familia.” (Dra. Dora Davison)

Si bien la experiencia del divorcio resulta una situación traumática para los hijos debido a la ruptura de la estructura familiar y a los sentimientos de pérdida, el impacto emocional que puede producir en ellos depende de diversos factores:

a) Conducción del conflicto conyugal antes y después de la separación, es decir, si los padres involucran o no a sus hijos en las disputas y querellas entre ellos, o si luego de la separación, los instrumentan como “mensajeros”, “rehenes”, “oyentes/espectadores” de las ofensas o humillaciones que se propinan sus padres.

b) Habilidades de los padres para asociarse en la crianza de sus hijos más allá de la disolución de la pareja conyugal. Si los padres comprenden que el bienestar de sus hijos aún debe constituir un interés común luego de la separación, se esforzarán para alcanzar una comunicación respetuosa entre ellos, centrada en los hijos, lo cual permitirá negociar las diferencias de criterio cuando éstas se presenten.

c) Grado de deterioro del nivel de vida, dificultades económicas que generalmente produce la separación.

d) Situaciones estresantes que pueden acompañar la separación: mudanzas, cambio de escuela y/o de barrio, conformación de una nueva pareja en uno u otro padre, etc.

e) Capacidad de los padres para transitar el divorcio.

f) Información que poseen los padres acerca de cómo ayudar a sus hijos en esta etapa. Las reacciones de los niños dependen de su edad y nivel de desarrollo adquirido, sus necesidades únicas, la continuidad o no de la relación entre los padres, los acuerdos o desacuerdos entre éstos, las explicaciones recibidas ante la separación o los silencios, la participación de otros adultos y sistemas (familia extensa, maestros, psicólogos, abogados, jueces, equipos técnicos, etc). La orientación, asesoramiento y acompañamiento que reciban los padres en esta etapa resultará fundamental en la  tramitación emocional de la crisis que puedan realizar los hijos.

Como vemos, el impacto emocional del divorcio en los hijos depende básicamente de la capacidad de los adultos para diferenciar entre los procesos de desprendimiento del vínculo conyugal y los de reformulación del parental, y de la no interrupción del ejercicio de las habilidades y competencias parentales para asegurar el cumplimiento de las funciones de nutrición y socialización.

Actualmente existen suficientes investigaciones y experiencias clínicas para afirmar que el divorcio en sí mismo no constituye para los hijos una fuente de patología o conducta problemática severa y sostenida en el tiempo. Los síntomas que suelen presentar como respuesta a la crisis, generalmente son moderados y transitorios. Lo que daña gravemente a los hijos –y a veces de modo permanente- es la involucración de los mismos en el conflicto conyugal, situación característica en la configuración de un “divorcio destructivo” (Glasserman, María Rosa) o “divorcio difícil” (Isaac, Marla; Montalvo, Braulio; Abelsohn, David) en los cuales resulta gravemente perturbado el ejercicio efectivo de la coparentalidad.

PARENTALIDAD BIENTRATANTE

La parentalidad bientratante en procesos de divorcio es ejercida por aquellos adultos que han logrado disolver su vínculo de pareja sin divorciarse de sus hijos. Implica el pleno desempeño de sus competencias parentales, entendiendo por tales las capacidades prácticas que tienen los padres para cuidar, proteger y educar a sus hijos, asegurándoles un desarrollo suficientemente sano. Ser capaces de conectarse, comprender y satisfacer las necesidades fundamentales de sus hijos, que son múltiples y evolutivas, precisamente en un momento de “turbulencias” relacionales.

Una parentalidad bientratante implica ofrecer a los hijos:

1. Espacios afectivos que brinden contactos corporales, mensajes verbales y gestuales que transmitan validación personal al niño/adolescente y que los  confirmen como persona singular con sus propios rasgos, capacidades, debilidades y sentimientos. Espacios lúdicos y espacios de aprendizaje en un clima de respeto y afecto.

2. Estabilidad, es decir, continuidad a largo plazo de las relaciones afectivas necesarias para el desarrollo integral.

3. Disponibilidad. Estar presente, “ubicable”, cumplir los compromisos adquiridos con los hijos.

4.Capacidad para mostrar satisfacción por los logros de los hijos.

5.Coherencia. Si los padres pueden dar un sentido coherente a sus acciones, los hijos pueden dar sentido a sus propios comportamientos. Se ordena el caos familiar. Ya hemos hecho referencia a la importancia de explicar a los hijos el porqué de la separación.

6.Parentalidad competente en tanto minimiza los efectos del divorcio en los hijos e indirectamente en los padres.

Cuando la familia presenta dificultades para lograr una organización post divorcio viable, que promueva el ejercicio de una parentalidad bientratante y resiliente, la intervención de profesionales se hace indispensable para influenciar positivamente las competencias parentales, ya sea reforzándolas o promoviendo su adquisición en los casos que así se requiera.

Ahora bien, si como operadores familiares (psicólogos, abogados, jueces, trabajadores sociales, etc.) nos identificamos sólo con el sufrimiento de los ex cónyuges que transitan la crisis del divorcio, y desatendemos el dolor –muchas veces silencioso, “invisible”- de los hijos, estaremos actuando de modo isomórfico respecto de estos padres que, centrados en sus propias necesidades e inundados emocionalmente, no pueden empatizar con las necesidades de sus hijos. Nuestra intervención, entonces, lejos de constituir una instancia que permita progresivamente recomponer el diálogo entre los distintos subsistemas familiares, dando oportunidad a la construcción de un plan parental, propicia un fenómeno llamado “más de lo mismo”, según el cual generamos ciertos cambios en el sistema pero no modificaciones de orden cualitativo. En esta dirección, replicamos a nivel del espacio terapéutico las disfunciones que acontecen a nivel familiar: visión reduccionista a “inocentes y culpables”, escucha parcializada, evaluación individual, ausencia de detección del sufrimiento en los hijos, falta de comunicación, desacoples entre el sistema terapéutico y demás sistemas intervinientes…

A MODO DE CONCLUSIÓN

La prevención del divorcio destructivo debe anclarse en una alianza parental que promueva contextos de cuidado y buen trato a los hijos.
La crisis que vivencia una familia del divorcio puede ser entendida como una oportunidad de crecimiento para niños y adolescentes, siempre y cuando los hijos encuentren en sus padres el apoyo necesario para afrontarla y darle un sentido.

BIBLIOGRAFÍA
- Abelleira, Hilda; Delucca, Norma: “Clínica forense en familias. Historización de una práctica”. 1º ed. Buenos Aires. Lugar Editorial, 2004.
- Azar de Sporn, Selma. “Terapia sistémica de la resiliencia: abriendo caminos, del sufrimiento al bienestar”. 1º ed. Buenos Aires: Paidós, 2010.
- Barudy, Jorge: “Los buenos tratos y la resiliencia infantil en la prevención de los trastornos del comportamiento”. Conferencia. Disponible en: http://infanciacapital.montevideo.gub.uy/materiales/BARUDY_Competencias_parentales.pdf
- Davison, Dora. Bibliografía correspondiente al curso on line: “Prevención del divorcio destructivo.” Familias21 internacional. 2013
- Isaac, Marla; Montalvo, Braulio; Abelsohn, David. “Divorcio difícil. Terapia para los hijos y la familia”. Amorrortu editores. 2º ed. Buenos Aires, 2009.

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